Carta Pastoral: “Si conocieras el Don de Dios ante la crisis del agua, la energía y el clima” Mons. Roberto González Nieves, OFM, Arzobispo, saliente

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Ante la crisis del agua, la energía y el clima:

«Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le pedirías, y él te daría agua viva». (Juan 4,10).
«Loado seas, mi Señor, por la hermana agua, la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta». — San Francisco de Asís, Cántico de las criaturas
26 de septiembre del 2026 – Paz y Bien.   Introducción. Junto al pozo de Jacob
1. Querido pueblo santo de Dios que peregrina en Puerto Rico: El Evangelio de San Juan cuenta que Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo de Jacob, cerca del campo que el patriarca había dado a su hijo José. «Era alrededor del mediodía» (Jn 4,6). Llegó una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber» (Jn 4,7). Ante la sorpresa de ella, le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le pedirías, y él te daría agua viva» (Jn 4,10).

2. En esta bella escena bíblica subrayo tres palabras que quiero dejar en el corazón de nuestro pueblo. La primera es don: el pozo es una herencia recibida de los padres, como la tierra, el agua y la patria que Dios nos ha regalado. La segunda es sed: el Hijo de Dios se sienta a la hora del calor y pide agua, y en su voz resuena la de todos los que hoy tienen sed en nuestro Archipiélago. La tercera es fuente: el agua que Él da se convierte, en quien la recibe, en un manantial para otros (cf. Jn 4,14). Por eso la mujer dejó su cántaro y corrió a su pueblo (cf. Jn 4,28). Recibir el don, escuchar la sed y convertirnos en fuente de esperanza: ese es el camino de esta carta.

3. En el 2003 publiqué la carta pastoral Patria, nación e identidad: don indivisible del amor de Dios [1]. Allí propuse que la patria no es un ídolo ni un simple sentimiento, sino un don que se agradece, se cultiva y se comparte. Veintitrés años después vuelvo sobre esa convicción, porque ese don está herido. La tierra que recibimos de nuestros padres sufre las inclemencias del clima —sequías, huracanes, inundaciones— y una crisis de servicios básicos, como el agua y la luz, agravada muchas veces, lastimosamente, por decisiones y negligencias humanas. En esa tierra herida sufren, antes que nadie, los pobres.

4. Escribo en un tiempo eclesial singular. Vivimos el Año Jubilar Franciscano que el Papa León XIV convocó por los ochocientos años del Tránsito de san Francisco de Asís, que murió el 3 de octubre del 1226. Las Iglesias cristianas celebran del 1 de septiembre al 4 de octubre el Tiempo de la Creación, dedicado este año al «Agua viva» [2]. Y nuestra Arquidiócesis recibe a su nuevo pastor, Mons. Eusebio Ramos Morales, a quien el Santo Padre ha confiado esta Iglesia. Para un hijo de San Francisco que concluye su servicio como Arzobispo, estas coincidencias son una invitación a hablar del agua, de la tierra y de los pobres.

5. Me mueve también el sufrimiento de estos meses: el racionamiento de agua, los relevos de carga, el calor que no da tregua. En febrero de este año escribí que «en Puerto Rico sabemos demasiado bien lo que significa un apagón», y que no se trata solo de quedarnos sin abanico o sin nevera, sino de «vigilar un medicamento que necesita refrigeración» y de «preguntarse si el equipo médico seguirá funcionando durante la noche» [3]. Esta carta nace de esa misma preocupación.

6. Un sacerdote jesuita escribió este verano una frase que no he podido olvidar: los pobres no discuten el cambio climático en salones de conferencias; lo encuentran al mediodía, bajo un techo de zinc, junto a una bomba de agua seca [4]. Al leerla pensé en Jesús sentado junto al pozo al mediodía, cansado y con sed. El tiempo no es igual de severo para todos, y cuando se vuelve contra alguien, se vuelve primero contra el pobre. Esa es la idea que guía nuestra reflexión: la crisis climática es un problema ecológico, pero es también un problema de justicia.

7. El amor a Dios, el amor al pueblo y el amor a la tierra forman una sola responsabilidad espiritual, la cual consiste en recibir la patria como don, cuidar sus bienes, defender la dignidad de quienes sufren y sostener la esperanza en Dios, cuya última palabra no es la muerte ni el abandono, sino la vida plena.

8. Por lo tanto, queridos hermanos y hermanas, no escribo para señalar culpables con nombre y apellido. El mal que describo tiene raíces en estructuras, en decisiones de muchos a lo largo de décadas y también en nuestras propias omisiones. Escribo para mover la conciencia y el corazón; el corazón personal y el corazón social, económico, espiritual y político de nuestro pueblo.
I. Ver: «Era alrededor del mediodía»

9. Jesús llegó al pozo a la hora del sol más fuerte. No miró la sed desde lejos: la sintió en su propio cuerpo. Así actúa Dios desde el principio: «He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he oído su clamor ante sus opresores y conozco sus sufrimientos» (Ex 3,7). Ver, oír, conocer: ésta es la pedagogía divina, que nos invita a ver que la realidad de nuestro pueblo no se lee solo en modelos climáticos, sino que empieza por descubrir los rostros de quienes sufren en concreto.

Cuando el tiempo se vuelve contra el pobre
10. Jesús enseña que el Padre «hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5,45). Es una palabra sobre la gratuidad de Dios, que no hace acepción de personas. Pero la lluvia que Dios envía por igual no cae sobre casas iguales. Donde uno tiene techo de cemento, otro tiene zinc clavado a unas vigas desgastadas de madera. Donde uno tiene cisterna, otro tiene un dron en el patio. Donde uno tiene placas y baterías, otro tiene una vela y una nevera de foam con hielo. Donde uno puede irse a casa de un familiar, otro tiene que quedarse en la penumbra.
11. Como es evidente, el clima no es igual de extremo para todos [4]. El mismo huracán, la misma sequía y el mismo apagón son una molestia para unos y una amenaza para otros. La diferencia no la pone el cielo. La ponen el ingreso, la salud, la edad, la vivienda, el lugar donde se vive y la red de apoyo con que se cuenta.
12. Los números de nuestra pobreza son conocidos, y no deberían dejar de dolernos. Según los datos del Censo, más de cuatro de cada diez personas en Puerto Rico viven bajo el nivel federal de pobreza, y más de la mitad de nuestros niños [5]. Cuando el viento sopla, cuando la lluvia no llega o cuando la luz se va, esas cifras dejan de ser estadísticas y se convierten en personas atrapadas y que son nuestros hermanos y hermanas.

13. Lo aprendimos con dolor después del huracán María. El primer recuento oficial fue de 64 muertos. El estudio de la Universidad George Washington, cuya cifra adoptó el Gobierno en agosto del 2018, estimó 2,975 muertes en exceso entre septiembre del 2017 y febrero del 2018 [6]. La inmensa mayoría no murió bajo el viento, sino en los meses de oscuridad y escasez que siguieron. El mismo estudio encontró que el riesgo de morir fue un 60 % mayor en los municipios más pobres y un 35 % mayor entre los hombres de más edad. La muerte no se repartió por igual. Tampoco se reparte por igual el sufrimiento de cada crisis que vivimos.

14. Sin simplificaciones y queriendo ser justo, sabemos que entre quien vive cómodo y quien vive en la miseria hay una larga escala de fragilidades. Muchas familias de clase media también están al límite: pagan una factura de luz altísima, sostienen a la vez a los ancianos y a los hijos, compraron la planta a plazos, y una sola avería las hunde en una nueva deuda. No escribo para señalar a nadie por tener un generador o unas placas solares; escribo para que nadie se acostumbre a mirar solo su propia comodidad cuando se va la luz, y para que quien tiene un poco más recuerde a quien no tiene nada.

15. Hay, además, rostros que casi nunca aparecen en las cifras. Pienso en los inmigrantes que viven entre nosotros, muchos de ellos hermanos dominicanos y haitianos. En una emergencia, algunos no se atreven a pedir ayuda por miedo a ser detenidos o separados de su familia. En junio del 2025 les escribí que no están solos [7], y hoy lo repito: la ayuda humanitaria no puede preguntar por los papeles antes de preguntar por el hambre y la sed.

16. Pienso en las personas sin hogar, para quienes el calor extremo, el aguacero y el viento no son una molestia, sino una amenaza directa. Pienso en las personas con discapacidad, para quienes un ascensor detenido o una rampa inundada convierten la casa en una cárcel. Pienso en los pacientes de diálisis, de quimioterapia o de salud mental, cuyo tratamiento no puede esperar a que vuelva la luz.
17. Pienso de manera especial en las mujeres. En muchas de nuestras familias son ellas quienes cargan el agua, cuidan a los ancianos y a los enfermos, estiran la compra cuando se daña la nevera y consuelan a los niños cuando el miedo no los deja dormir. Muchas son madres solas. Como la samaritana que iba sola al pozo a la hora del calor, cargan un peso que rara vez se nombra y casi nunca se reconoce. Pienso en las heridas que no se ven. Muchos niños que vivieron María o los terremotos todavía se asustan cuando el viento golpea las ventanas. Muchos adultos sienten que el pecho se les aprieta cada vez que empieza la temporada de huracanes o se anuncia un relevo de carga. Ese miedo acumulado también es sufrimiento, y también pide acompañamiento.

18. Nombrar a todas estas personas y sus sufrimientos no es hacer una lista de desventuras: es aprender a mirar como mira Dios, que no se queda en el promedio, sino que sale a buscar a la oveja que falta (cf. Lc 15,4). Por esta razón, es que en cada crisis, la pregunta cristiana no es cómo le fue a la mayoría, sino quién se quedó atrás.

19. El Papa Francisco lamentó que haya «una general indiferencia ante estas tragedias» [8]. Esa es la tentación de quien no sufre de lleno la crisis; es decir, convertir la desgracia ajena en una incomodidad propia. Quejarse del carro sin lavar mientras el vecino no tiene agua para cocinar los alimentos o bañar a sus hijos. Quejarse del ruido de la planta mientras la anciana de la esquina no puede refrigerar su insulina. Casi nunca es mala voluntad; casi siempre es distancia, apatía o desapego emocional y empático. Por eso la primera conversión a la que hago un llamado es acortar las distancias: mirar, preguntar, tocar la puerta, interesarme por la suerte de mi hermano y renunciar a la lógica de preguntar: ¿soy yo acaso el guardián de mi hermano? (Gn 4,9). El Señor nos diría: ¡Sí, lo eres!
Cuando falta el agua

20. «Sus nobles envían a sus criados por agua; llegan a los aljibes y no la encuentran; vuelven con las vasijas vacías. […] Los labradores, abatidos, se cubren la cabeza, porque el suelo está agrietado y no hay lluvia en el país» (cf. Jr 14,3-4). Jeremías describió una sequía de su tiempo con una precisión que nos resulta familiar. La falta de agua no es solo un dato del tiempo. Es una escena humana: vasijas vacías, cabezas bajas, tierra rajada.

21. Este verano lo hemos vuelto a vivir. A finales de agosto del 2026, tres cuartas partes de Puerto Rico estaban en sequía y casi la mitad del territorio en sequía extrema. Algunos ríos llegaron a mínimos históricos, y el Gobierno federal declaró zona de desastre por sequía a más de dos docenas de municipios [9]. Desde el 7 de agosto, unos 180,000 clientes que dependen del embalse Carraízo, en San Juan, Carolina, Trujillo Alto, Canóvanas, Loíza, Juncos y Gurabo, recibieron el servicio por turnos [10]. Las lluvias de septiembre permitieron poner el racionamiento en pausa, pero las autoridades advierten que la sequía puede prolongarse varios meses más y que otros embalses siguen bajo ajustes [11].

22. Para una familia con cisterna, el racionamiento podría ser un ajuste en las rutinas diarias: se ajusta el horario de la lavadora y se pospone el lavado del carro. Para otra, es una semana entera organizada alrededor de la pluma. Es llenar drones, cubos y botellas la noche en que llega el agua. Es cargar galones escaleras arriba. Es esperar en fila frente a un camión cisterna bajo el sol. Es bañar a los niños con un jarro y cocinar con agua comprada cuando el dinero no alcanza. Es la anciana que no puede cargar nada y depende de que un vecino se acuerde de ella.

23. En el campo, la sequía tiene otro rostro. El agricultor ve secarse los frutales, el cacao, los guineos y el café. El ganadero agota sus reservas de heno y no sabe cómo dar de beber a sus animales. No es solo una pérdida contable. Es el trabajo de años que se seca en semanas, la deuda que crece y la tentación de abandonar la tierra. En un país que importa la mayor parte de lo que come, cada finca que se rinde nos hace a todos más frágiles. La sequía desnuda también lo que la lluvia disimula. No toda nuestra sed viene del cielo. En años normales Puerto Rico recibe lluvia abundante; sin embargo, cerca de la mitad del agua que se extrae se pierde en salideros y tuberías viejas o no se contabiliza, y nuestros embalses han perdido capacidad por la sedimentación acumulada durante décadas [12]. Bienvenida sea toda técnica que ayude a producir lluvia y mantener los embalses, pero ninguna sustituye el cuidado paciente de lo que ya tenemos. La escasez que sufren los pobres no es solo una fatalidad natural, es también el fruto de lo que durante mucho tiempo no hicimos.

24. Isaías pone en boca de Dios una promesa que es también un mandato: «Los pobres y los indigentes buscan agua, y no la hay; su lengua está reseca de sed. Yo, el Señor, les responderé; yo, el Dios de Israel, no los abandonaré» (Is 41,17). Dios responde a la sed del pobre, y en la historia suele responder por medio de nosotros. Cada vez que un vecino llena el dron de la anciana que vive sola, esa promesa se cumple un poco. Cada vez que una comunidad se organiza para que nadie quede sin agua, el desierto empieza a florecer.
25. El Papa Francisco nos enseñó que «el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal», porque de él depende la vida misma de las personas [13]. Pedir que el agua llegue a todos no es un lujo, sino una exigencia de justicia. En tiempo de sequía esa exigencia empieza por el más débil: el enfermo, el anciano solo, la familia sin cisterna, el pequeño agricultor.
Cuando se va la luz

26. San Francisco alabó a Dios «por el hermano fuego, por el cual alumbras la noche». Solo quien ha pasado muchas noches a oscuras entiende del todo esa alabanza. En Puerto Rico hemos aprendido a valorar la luz porque la perdemos con demasiada frecuencia. Después de María, la última familia que quedaba sin servicio, en la montaña de Ponce, lo recuperó casi once meses más tarde [14]. El 31 de diciembre del 2024, y de nuevo el 16 de abril del 2025, prácticamente toda la Isla quedó a oscuras [15]. Este verano, la salida de dos generadoras dejó a más de 370,000 clientes sin luz en una sola noche [16]. A mediados de septiembre, las averías sucesivas en las centrales del Sur hicieron que la generación disponible no alcanzara para cubrir la demanda, y hubo que recurrir de nuevo a relevos de carga [17].
27. Hace años dije, ante la crisis eléctrica que vive nuestro pueblo, que esa situación «llora ante los ojos de Dios» [18]. Lo sigo pensando. Para muchos, un apagón es encender la planta, soportar el ruido y el olor a gasolina, reorganizar el día. Es un fastidio, y no lo niego. Para otros es mucho más. Es la persona que depende de un concentrador de oxígeno y cuenta las horas que le quedan a la batería. Es el niño que estudia con la linterna del celular y llega cansado a la escuela. Es la familia que bota la compra de la quincena porque se dañó en la nevera. Es también la nevera, la estufa o el televisor que se queman cuando la luz vuelve con un golpe de voltaje. Para quien tiene ahorros o un seguro, es una molestia. Para quien compró esos enseres a plazos, es una deuda que sigue viva cuando el aparato ya no sirve, y meses de sacrificio perdidos en un segundo. Muchos no saben cómo reclamar, o se cansan de intentarlo. El apagón tiene, además, un efecto en cadena que golpea dos veces al pobre. Sin electricidad fallan las bombas que suben el agua a las comunidades altas, se interrumpen servicios de salud, cierran los negocios pequeños que no tienen generador, y quien vive del día a día pierde el ingreso de esas jornadas. La luz y el agua son hermanas también en esto: cuando una falta, la otra suele faltar enseguida.

28. Quiero decir una palabra sobre el calor de la noche. En los residenciales y en tantas casas de cemento, las paredes acumulan el calor del día y lo devuelven de noche. Sin luz no hay abanico ni aire. Los ancianos y los enfermos crónicos son los primeros en sufrirlo, y muchas veces sufren en silencio, porque no quieren molestar. Nuestros veranos son cada vez más largos y calurosos; el apagón convierte ese calor en un peligro. Algunas familias han encontrado alivio en las placas solares y las baterías, y me alegro por ellas. Muchas hicieron un gran sacrificio para instalarlas. Pero no podemos aceptar que la salida de la oscuridad sea solo para quien puede pagarla. Si cada uno resuelve su luz por su cuenta, quienes no pueden hacerlo quedan cada vez más solos, colgados de un sistema común que se deteriora. La luz, como el agua, es también un bien común.

29. El Evangelio de San Juan proclama que «la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron» (Jn 1,5). Los cristianos no somos ingenuos ante la oscuridad: conocemos su peso. Pero sabemos que Cristo es la luz verdadera y que nos llamó a ser «luz del mundo» (Mt 5,14). En cada apagón hay vecinos que lo son: el que comparte su planta para que el de al lado conecte la nevera, el que carga los celulares de la calle, el que pasa a ver a la viejita que vive sola. Esa luz no depende de la red eléctrica, y ninguna avería la puede apagar.
Cuando llegan el viento, el mar y la sacudida

30. En medio de la tormenta, los discípulos despertaron a Jesús con un grito: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (Mc 4,38). Muchas veces ese ha sido también nuestro grito. Llevamos en la memoria la noche de María, el 20 de septiembre del 2017, y la de Fiona, el 18 de septiembre del 2022. Llevamos en el cuerpo los temblores que sacudieron sobretodo el Sur desde finales del 2019 y el terremoto del 7 de enero del 2020. Cada una de esas noches y madrugadas tuvo su propio rostro de dolor.

31. Después de María vimos durante años techos cubiertos con toldos azules, como vendajes sobre casas heridas. Muchas familias no recibieron ayuda porque no podían probar con papeles que su casa era suya; la habían levantado con sus manos, bloque a bloque, en un terreno heredado sin título. Después de los terremotos, familias enteras durmieron semanas en carpas y en los patios, por miedo a que el techo les cayera encima. Después de Fiona, las inundaciones arrastraron casas, puentes y cosechas.

32. En la costa, el mar avanza. En Loíza y en tantos pueblos costeros, las marejadas se llevan patios y caminos, y las familias ven como el agua salada se acerca cada año un poco más a su puerta. No son quienes más han contaminado el planeta. Son quienes menos tienen para mudarse.
33. En Vieques y en Culebra cada crisis se multiplica por la doble insularidad.

Cuando fallan la luz o el agua, suele fallar también el transporte que trae los suministros, la ayuda y el médico. Lo que en la Isla grande es un inconveniente, allí puede convertirse en aislamiento.

34. Pienso también en quienes trabajan bajo el sol: el obrero de la construcción, el que recoge la cosecha, el vendedor ambulante, el guardia de seguridad en una caseta sin sombra, el que carga y descarga camiones. Para ellos la ola de calor no es una conversación de oficina. Es el cuerpo que se agota a las dos de la tarde y la necesidad de seguir trabajando para cobrar el día [4].
35. Y pienso en los que se han ido. Entre los censos de 2000 y 2020, Puerto Rico perdió más de medio millón de habitantes [19]. Las causas son muchas, pero cada desastre ha empujado a más familias a hacer las maletas. Detrás de cada partida hay un abuelo que se queda solo, una parroquia con menos jóvenes, un pueblo que pierde brazos y esperanza. También la diáspora es rostro de esta crisis, y también ella ama esta tierra desde lejos.

36. Nuestro pueblo ha respondido con una resiliencia admirable. Hemos visto vecinos abriendo caminos con machetes, parroquias convertidas en centros de acopio, jóvenes cargando agua para los ancianos, comunidades que se organizaron cuando nadie más llegaba. Pero debo decirlo con franqueza: no quiero que nos acostumbremos a llamar resiliencia a lo que muchas veces es abandono. Que un pueblo aguante no significa que deba aguantar siempre lo mismo. La fortaleza de los pobres no puede convertirse en excusa para no hacer lo que corresponde.

La otra sequía: el alma de un pueblo
37. Hay una sequía que no aparece en los informes de los embalses. En mi carta pastoral del 2003 advertí que Puerto Rico no vive solo una crisis económica, social o política, sino también una crisis espiritual de identidad: la dificultad de reconocer quiénes somos, qué bienes compartimos y hacia dónde queremos caminar como pueblo [1]. Veintitrés años después, esa sequía interior no ha cedido y esto se nota en la división.

38. Cada crisis del agua o de la luz se convierte enseguida en munición partidista, y el sufrimiento del pobre se usa como arma contra el adversario. Se nota en la desconfianza: muchos ya no creen que las instituciones puedan resolver nada. Se nota en el cansancio: tantas familias sienten que da igual lo que hagan, porque la próxima avería o el próximo huracán volverá a derribarlo todo.
39. Se nota, sobre todo, en la pobreza de esperanza. Quien carece de pan, de agua o de techo necesita justicia. Pero quien ha perdido las razones para seguir necesita además una comunidad que no lo abandone y una palabra que le diga que su vida no está condenada a la insignificancia. Muchas veces las dos pobrezas conviven en la misma casa. Pienso en el joven que ve partir a sus amigos y se pregunta si vale la pena quedarse.

40. Jesús preguntó: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?» (Mt 16,26). Perder el alma es dar por sentado que todo está perdido y dejar al hermano que sufra en soledad. ¿De qué nos sirve tener mejores plantas eléctricas, más embalses o más tecnología, si perdemos la capacidad de cuidarnos unos a otros? Un pueblo puede adquirir recursos y, aun así, perder lo que sostiene su fe y su vida común: la solidaridad, el respeto por la vida y la apertura a Dios.

41. La samaritana llegó al pozo con su cántaro y con su historia herida. Jesús no la despreció por ninguna de las dos, y le habló de su sed más honda. Así quiere hablar hoy a nuestro pueblo: no solo de la sed del cuerpo, que es urgente, sino también de la sed del alma, que está en la raíz de muchas otras. La crisis del agua y de la luz es también una ocasión para preguntarnos qué clase de pueblo queremos ser. Por eso, antes de proponer caminos, necesitamos escuchar de nuevo quién es el que nos pide de beber y qué don nos ofrece.
II. Juzgar: «Si conocieras el don de Dios»

42. Hemos mirado. Ahora debemos escuchar. Un cristiano no juzga la realidad con el humor del día ni con la consigna de un partido, sino a la luz del don de Dios: su Palabra, la experiencia de los santos y la enseñanza de la Iglesia.
El pozo que nos dieron los padres

43. Cuando Jesús le pide de beber, la samaritana le recuerda de dónde viene aquel pozo: «¿Eres tú acaso más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?» (Jn 4,12). El pozo es una herencia. Lo cavó un antepasado, lo recibieron los hijos y de él beben las personas y los animales. Es memoria, es sustento y es vínculo entre generaciones. Jesús no desprecia esa herencia; se sienta junto a ella y le pide agua. Pero anuncia un don mayor, que no la anula, sino que la lleva a plenitud.

44. Así entiende la fe cristiana la tierra que habitamos. «Del Señor es la tierra y cuanto la llena» (Sal 24,1). «La tierra no puede venderse para siempre, porque la tierra es mía, y ustedes son en ella forasteros y huéspedes» (Lv 25,23). La tierra no es primero una propiedad, un paisaje o un recurso. Es una heredad: la recibimos de Dios por medio de nuestros padres y la debemos entregar a nuestros hijos. Por eso el viejo Nabot se negó a vender su viña al rey que la codiciaba: «¡Líbreme el Señor de darte la heredad de mis padres!» (1 Re 21,3). La heredad del pobre no es una mercancía al servicio del poderoso.

45. Desde el principio de la creación, el mandato fue doble: Dios puso al ser humano en el jardín «para que lo cultivara y lo guardara» (Gn 2,15). El papa Francisco explica en la encíclica Laudato si’ que cultivar significa trabajar la tierra, mientras que cuidar significa «proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar» [20]. Hemos cultivado mucho y guardado poco. Hemos construido sobre humedales y quebradas, hemos dejado que la tierra de nuestras montañas llene los embalses, hemos confiado nuestra luz a combustibles que vienen de lejos. Es hora de recuperar la segunda mitad del mandamiento.

46. En mi carta del 2003 propuse que la patria, la nación y la identidad de un pueblo son un don indivisible del amor de Dios, que se debe agradecer, cultivar y compartir [1]. Dios crea a las personas en comunidades concretas, con una memoria, una lengua, una cultura y una tierra compartidas. La palabra patria viene de pater, padre: es la tierra de nuestros padres. Santo Tomás de Aquino enseña que la virtud de la piedad nos inclina a honrar a los padres y a la patria, porque de ellos hemos recibido el ser y la crianza [21]. Amar la patria es, por tanto, una forma de gratitud. Y la gratitud verdadera se convierte en cuidado.

47. En la parábola de los talentos, el Señor entrega sus bienes a sus siervos y, al volver, les pide cuentas de lo que hicieron con ellos (cf. Mt 25,14-30). De la misma manera Dios nos pedirá cuentas de si supimos conservar, multiplicar y compartir los dones de la patria, los dones materiales y espirituales: el agua, los suelos, los bosques, las costas, el aire y la vida de los más frágiles. Enterrar el talento no es solo no hacer nada, es dejar que el don se pierda por descuido.

48. Este amor a la patria no nos encierra. La samaritana defendía la tradición de su pueblo: «Nuestros padres adoraron en este monte» (Jn 4,20). Jesús no se burló de ella, pero la abrió a un horizonte más grande: los verdaderos adoradores adorarán al Padre «en espíritu y en verdad» (Jn 4,23). Esa escena ilumina un sereno equilibrio entre lo universal y lo particular. Debemos evitar dos extremos. Uno es el nacionalismo cerrado, que absolutiza lo propio y desprecia a otros pueblos. El otro es un universalismo sin raíces, que disuelve la lengua, la memoria y los deberes concretos hacia la propia comunidad.

49. Si la patria es un don, sus heridas nos duelen como propias. La sequía, el apagón y la costa que se pierde no son solo problemas técnicos: son heridas en la heredad que Dios nos confió. Y como el don es de todos, nadie puede adueñarse de los recursos y quedarse con el agua del pozo mientras su hermano pasa sed.

«Dame de beber»: el Dios que tiene sed
50. Lo más sorprendente del encuentro junto al pozo es que Dios empieza pidiendo. El Hijo eterno, por quien fueron hechas todas las cosas, se sienta cansado y dice: «Dame de beber» (Jn 4,7). La mujer se lo hace notar con cierta ironía: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo» (Jn 4,11). Jesús está junto al agua y no puede alcanzarla. Así están hoy muchos de nuestros hermanos: viven en una isla rodeada de agua y regada por la lluvia, pero no tienen con qué sacarla.

51. Esa sed de Jesús no termina en Sicar. En la cruz, antes de entregar el espíritu, vuelve a decir: «Tengo sed» (Jn 19,28). El Dios que creó los mares quiso tener sed. Por eso nos dijo que el juicio final tendrá un rostro concreto: «Tuve sed, y me dieron de beber» (Mt 25,35). Y nos aseguró que ni siquiera un vaso de agua fresca dado a uno de sus pequeños quedará sin recompensa (cf. Mt 10,42). Cuando la anciana del residencial pide agua, es Cristo quien vuelve a decir: «Dame de beber».

52. La sed del pobre sube a Dios como un clamor. Desde la zarza ardiente, Dios dice a Moisés: «He oído su clamor» (Ex 3,7). Y en el canto de la viña, el profeta Isaías muestra que ese clamor es la medida con que Dios juzga a su pueblo. En hebreo, Dios esperaba mishpat, derecho, y encontró mispaj, sangre derramada; esperaba tsedaqá, justicia, y encontró tse’aqá, un clamor (cf. Is 5,7). Lo que el profeta nos dice también hoy es que siempre existe la tentación de guardar las apariencias con el derecho y las formas, mientras en el fondo hay seres humanos que sufren y son descartados. Ellos tienen un clamor que Dios siempre escucha. Ese clamor es la misma palabra que Dios escuchó en Egipto.

53. El profeta nos enseña que Dios mide la viña por el grito de los que sufren en ella. No pregunta primero cuánto produce, ni cuán bonita se ve desde la carretera. Pregunta si en ella se oye el llanto del pobre. Cuando en Puerto Rico una familia clama porque no tiene agua, porque se le dañó la medicina o porque el mar se le mete en la casa, ese clamor sube a Dios. Y es el criterio con que Él juzga lo que hacemos con su viña.

54. San Pablo dice que «la creación entera gime y sufre dolores de parto hasta el presente» (Rm 8,22). La tierra también clama, y su gemido se confunde con el de los pobres. La quebrada contaminada y el niño que se enferma al jugar en ella gritan con una sola voz.
55. Pero Dios no solo escucha el clamor, nos responde con un don. «Si conocieras el don de Dios…». El agua viva que Jesús ofrece es su propia vida, el Espíritu que se derrama en quien cree en Él: «Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba. […] De su seno brotarán ríos de agua viva» (Jn 7,37-38). Este don no nos saca del mundo. Nos devuelve a él transformados en fuente: «El agua que yo le daré se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna» (Jn 4,14).

56. Los profetas unen el agua y la justicia con una audacia que nos interpela. «Que fluya el derecho como el agua y la justicia como arroyo perenne» (Am 5,24). Isaías promete al que comparte su pan con el hambriento y sacia al afligido: «Serás como huerto regado, como manantial cuyas aguas nunca se agotan» (cf. Is 58,10-11). La justicia no es una carga que seca la vida del pueblo puertorriqueño; es la fuente que la riega.

57. Como podemos apreciar, las necesidades materiales tienen un sentido trascendente: el Señor nos llama a responder aquí y ahora. «Al que tenga sed, yo le daré gratis de la fuente del agua de la vida» (Ap 21,6). Gratis. En el Reino de Dios el agua no se mide por la capacidad de pagarla: los dones de Dios son gratuitos. Y se nos llama a calmar también la sed más honda de tantos hermanos y hermanas, mostrando que nuestra causa no es un altruismo social, sino que nace del amor que viene de la cruz, por la cual todos somos salvados. Ese es el horizonte con que debemos juzgar nuestra manera de repartir los dones de la tierra.
La mirada de Francisco de Asís

58. Este año celebramos los ochocientos años del Tránsito de nuestro padre san Francisco. A menudo se le ha convertido en una figura de jardín: un santo dulce, rodeado de pájaros, amigo de la naturaleza. Esa imagen debemos comprenderla en su justa medida. La ecología de Francisco no comenzó con un paisaje: comenzó con un leproso.

59. Él mismo lo cuenta en su Testamento: «El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo» [22]. La conversión de Francisco no fue primero una idea. Fue un encuentro con el rostro que él no quería ver.

60. Por eso el Papa Francisco escribió que en el santo de Asís se advierte «hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior» [23]. No se puede amar a la hermana agua y despreciar a quien no la tiene. No se puede cantar a la hermana tierra y olvidar a quien la trabaja y no puede vivir de ella. Una espiritualidad de la creación que no pase por el leproso termina siendo una estética para quien se la puede permitir.

61. Francisco llamaba hermanas a todas las criaturas. San Buenaventura cuenta que les daba «el dulce nombre de hermanas», aun a las que parecían más despreciables. Llamar hermano a alguien cambia la manera de tratarlo: a un recurso se lo explota; a un hermano se lo cuida. El Papa Francisco lo advirtió: si nos acercamos a la naturaleza sin esa apertura al asombro, «nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos» [24].

62. El Cántico de las criaturas nació en un momento frágil y difícil en la vida de San Francisco. Lo compuso en San Damián, entre el invierno del 1224 y la primavera del 1225, casi ciego, con fuertes dolores, en una celda infestada de ratones [25]. El hombre que ya no soportaba la luz en los ojos compuso la alabanza más bella del «hermano sol». Esto nos sugiere, que la alabanza de la creación no es privilegio de quien disfruta la vista desde el balcón. Puede brotar también, y con más verdad, del que sufre. Muchos de nuestros pobres, que han perdido tanto con el agua y con el viento, siguen dando gracias a Dios por la lluvia que vuelve. Ellos nos enseñan a rezar el Cántico.

63. Me detengo en una estrofa: «Loado seas, mi Señor, por la hermana agua, la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta». Me permito meditar cada palabra como un programa para nuestro tiempo:

• Útil. El agua existe para servir a la vida: a la sed del niño, a la siembra, al animal, a la limpieza de la casa. Su primera vocación no es el negocio, sino la vida.
• Humilde. El agua siempre busca el lugar más bajo: baja de la montaña al valle, del techo a la tierra. Es una imagen del Dios que se inclina hacia los pequeños. Por eso resulta tan triste que, en nuestras sociedades, el agua termine subiendo hacia quien puede pagarla y faltando en el barrio de abajo.

• Preciosa. Preciosa porque no tiene precio. El agua puede tener un costo de servicio, pero su valor no se agota en una factura.
• Casta. El agua limpia no se deja poseer del todo; se escurre entre los dedos. Nos pide que no la ensuciemos y que no pretendamos acapararla.

64. Francisco alabó también a Dios «por el hermano viento, y por el aire y el nublado y el sereno y todo tiempo, por el cual a tus criaturas das sustento». Para él, el tiempo, con sus nubes y su viento, era sustento. Hoy, en cambio, el tiempo parece volverse contra los pobres. No es que Dios haya cambiado. Es que hemos alterado el equilibrio que sostenía la vida, y los primeros en pagarlo son quienes menos contribuyeron a romperlo.

65. Hay una estrofa del Cántico con una historia muy querida para un obispo. Cuando el obispo Guido II y el podestá —el gobernador— de Asís estaban enfrentados, Francisco añadió unos versos de perdón y envió a dos hermanos a cantarlos ante ellos: «Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor, y soportan enfermedad y tribulación». Aquel canto fue ocasión de reconciliación y de paz [26].

También Puerto Rico necesita ese verso. La crisis del agua y de la luz no se resolverá mientras cada sector se encierre en su trinchera y use el sufrimiento del pueblo contra el adversario. Pido que el cuidado de nuestra tierra sea un lugar de encuentro y no de pelea.
66. La vida de Francisco y su muerte, despojado de toda pretensión violenta sobre la vida y la tierra, nos enseña desde esa libertad, a mirar esta tierra no como algo que se usa y se descarta, sino como la casa que recibimos de nuestros abuelos y que debemos entregar habitable a nuestros nietos.
Laudato si’ y Magnifica humanitas: el agua es un bien común
67. Cuando el Papa Francisco nos regaló la encíclica Laudato si’, nos quedó claro que la crisis ambiental conlleva una crisis social, haciendo de las dos una sola y compleja crisis socio-ambiental [27]. De esa unidad se sigue una consecuencia moral: «un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» [28]. En ese mismo lugar, el Papa advirtió que muchos profesionales, formadores de opinión, medios de comunicación y centros de poder están «lejos de ellos, en áreas urbanas aisladas», sin contacto directo con sus problemas. Se puede vivir a diez minutos de un barrio sin agua y no saber que existe.

68. Laudato si’ habla también de una «deuda ecológica» [29]: quienes más han consumido y contaminado sufren menos las consecuencias que quienes menos han contribuido. Puerto Rico, como las demás islas del Caribe, está entre los lugares más expuestos del mundo. Un estudio internacional lo situó en el primer lugar entre los países y territorios más afectados por fenómenos climáticos extremos entre 2000 y 2019 [30]. Dentro de nuestra propia Isla se repite la misma lógica: los barrios que menos consumen suelen ser los que más se inundan, más tiempo pasan sin luz y antes se quedan sin agua.

69. De ahí brota la opción preferencial por los pobres en clave ecológica. El principio del bien común, dice Laudato si’, «se convierte inmediatamente, como lógica e ineludible consecuencia, en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres» [31]. Es la manera cristiana de ordenar las prioridades: en una sequía, primero el que no tiene cisterna; en un apagón, primero el que depende de un equipo médico; en la reconstrucción, primero la casa del que no tiene seguro. Algunos años después, en Laudate Deum, el Papa Francisco confesó su inquietud porque el mundo que nos acoge «se va desmoronando y quizás acercándose a un punto de quiebre» [32]. Nuestra condición de archipiélago nos obliga a prepararnos antes que otros.

70. El 15 de mayo del 2026, el Papa León XIV publicó su primera encíclica, Magnifica humanitas, sobre la persona humana en la era de la inteligencia artificial. Allí el Santo Padre nos vuelve a proponer, con palabras de hoy, los fundamentos de la Doctrina social de la Iglesia. Reconoce que Laudato si’ ofreció «el primer gran análisis sistemático de la crisis medioambiental en una Encíclica social», y que su propuesta de ecología integral «aúna el cuidado de la Casa común y la opción preferencial por los pobres» [33].

71. El primer principio es el bien común, que el Papa describe como «la forma social de la dignidad», y añade que «la búsqueda del bien común es lo que da vida a un pueblo» [34]. Un sistema de agua que funciona, una red eléctrica confiable, una costa protegida y un plan de emergencia que llega primero a los más frágiles son, en sentido estricto, bien común. Cuando se deterioran, no pierde solo el que no tiene planta ni cisterna: pierde el pueblo entero.

72. El segundo es el destino universal de los bienes. El Papa enseña que «los bienes de la tierra —el suelo, el agua, el aire y los recursos naturales— han sido dados por Dios a toda la familia humana». Recuerda que «la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada», y que la solidaridad, vivida en profundidad, significa «devolverle al pobre lo que le corresponde» [35]. Dar agua al que no la tiene no es caridad opcional: es justicia. Por eso la Iglesia enseña que «el agua, por su misma naturaleza, no puede ser tratada como una simple mercancía más entre las otras», y que las necesidades de todos, especialmente de los que viven en la pobreza, deben guiar su uso [36]. Como escribió el jesuita que antes cité, los mercados ponen precio a la escasez, pero no protegen por sí solos la dignidad [4].

73. El tercero es la opción preferencial por los pobres. León XIV nos habló de una Iglesia «capaz de escuchar el clamor de los pobres, de los migrantes y de las víctimas», y retomó el deseo de «tierra, techo y trabajo para todos» [37]. En Dilexi te enseñó que «existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres», y nos pidió trabajar para «remover las causas sociales y estructurales de la pobreza» [38].
74. El cuarto es la solidaridad unida a la subsidiariedad. La solidaridad pide que los más fuertes sostengan a los más débiles. La subsidiariedad pide que no se le quite a la comunidad lo que ella puede hacer por sí misma, sino que se la ayude a hacerlo. En Puerto Rico hay comunidades que se han organizado para producir su propia energía con el sol, cuidar su acueducto comunitario o defender su tierra frente al agua. Laudato si’ elogia precisamente esas iniciativas locales, como las cooperativas de energía renovable [39]. No son una curiosidad: son protagonistas. Así como Puerto Rico debe ser el protagonista de su historia en un mundo interdependiente.

75. Magnifica humanitas ofrece, además, un criterio muy concreto para una isla como la nuestra. El Papa recuerda que los sistemas actuales de inteligencia artificial requieren «enormes cantidades de energía y agua» y pide soluciones tecnológicas más sostenibles, que ayuden a proteger la casa común [40]. En un país con sequías recurrentes y una red eléctrica que no alcanza para la demanda, todo gran proyecto que consuma mucha agua o mucha energía debe discernirse responsablemente: ¿quién cargará con su costo cuando falte?
76. Laudato si’ no termina en el diagnóstico, sino en la esperanza: «no todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse» [41]. Esa es la confianza con que escribo.
«El pozo es hondo»: las raíces de nuestra sed

77. «No tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo» (Jn 4,11). También las causas de nuestra crisis son hondas. San Juan Pablo II enseñó que existen «estructuras de pecado»: situaciones que nacen de decisiones personales, se acumulan con el tiempo y terminan condicionando la vida de muchos [42]. Nadie las decide solo, y por eso nadie se siente responsable. Pero hieren de verdad, y hieren primero a los pobres. Quiero nombrar algunas, sin señalar a personas ni a instituciones concretas. No busco culpables; busco que abramos los ojos.

78. La dependencia energética. Durante décadas hemos confiado nuestra electricidad a combustibles que se traen de fuera y a plantas envejecidas. Nuestra propia ley fijó que en 2025 el 40 % de la electricidad fuera renovable; los datos disponibles muestran que la realidad quedó muy lejos de esa meta [43]. Mientras tanto, el sol que cae sobre nuestra Isla todos los días sigue siendo, para la mayoría de los hogares pobres, una riqueza a la que no tienen acceso.

79. El descuido del agua. Hemos visto que cerca de la mitad del agua que se extrae se pierde o no se contabiliza, y que los embalses han perdido capacidad. Esto no ocurrió en un año. Es el resultado de mantenimiento postergado, de planificación de corto plazo y de una manera de tratar el agua como si siempre fuera a sobrar.

80. El uso de la tierra. Hemos construido sobre humedales, en las orillas de ríos y quebradas, en la franja que el mar reclama. Muchas familias pobres no tuvieron otra opción que levantar su casa donde pudieron; otras veces se autorizó construir donde no se debía. El resultado es el mismo: el agua vuelve a buscar su cauce, y encuentra casas.

81. La deuda y las decisiones lejanas. Nuestro pueblo ha vivido largos años de crisis fiscal, de deuda y de austeridad. Muchas decisiones importantes sobre nuestra economía, nuestros servicios y los fondos de reconstrucción se han tomado lejos de aquí, con poca participación de quienes cargan sus consecuencias, y la ayuda después de los desastres ha tardado años en llegar. No entro en la cuestión de nuestro estatus político, que corresponde decidir libremente a nuestro pueblo. Pero sí digo, como pastor, que un pueblo que no puede decidir sobre lo que le afecta tiene más difícil proteger a sus pobres. La dignidad de un pueblo incluye su capacidad de ser sujeto de su propia historia.
82. El horizonte corto. Los ciclos electorales duran cuatro años. Una represa, una red eléctrica o la reforestación de una cuenca se piensan para cincuenta. Cuando la política se mide solo por lo que se puede inaugurar antes de la próxima elección, lo invisible —un tubo que no se rompe, un bosque que retiene el agua— queda siempre para después. Y el después lo pagan los pobres.

83. Hay una raíz más sutil que me preocupa especialmente: la resiliencia privatizada. Ante los fallos del sistema común, muchas familias con recursos han hecho lo razonable: compraron una planta, instalaron una cisterna, pusieron placas solares. No las juzgo. Pero cuando cada uno resuelve por su cuenta, ocurre algo peligroso. Quienes tienen más voz dejan de sufrir los fallos del sistema común, y ese sistema pierde a sus defensores más influyentes. Se deteriora aún más, y quienes no pueden salirse quedan solos con lo que se cae.

84. Laudato si’ lo dice con claridad: «A problemas sociales se responde con redes comunitarias, no con la mera suma de bienes individuales» [44]. La salida de la crisis no puede ser un sálvese quien pueda. Quien ha encontrado alivio para su casa tiene ahora una responsabilidad mayor: usar su voz, su conocimiento y sus recursos para que el agua y la luz lleguen también a la casa del que no puede pagarlas.
85. Jesús contó la historia de un rico que banqueteaba cada día y de un pobre, Lázaro, que yacía a su puerta (cf. Lc 16,19-31). El Evangelio no dice que el rico maltratara a Lázaro. Dice solo que no lo vio. Su pecado fue la distancia en una misma calle. Esa es también la tentación de una sociedad en la que unos viven bien protegidos y otros a la intemperie: vivir juntos sin vernos.

86. No puedo hablar de estructuras sin hablar de nosotros. Cada uno tiene su parte: el agua que desperdiciamos cuando sobra, la basura que tiramos en la quebrada y que luego tapa el desagüe, el árbol que cortamos sin sembrar otro, el voto que damos sin preguntar qué hará el candidato con el agua y la luz de los pobres, la indiferencia con que pasamos frente al vecino que sufre. Las estructuras de pecado se sostienen con millones de pequeñas omisiones. También se desmontan con millones de pequeñas fidelidades.
III. Actuar: «Una fuente de agua que brota»

87. Jesús prometió que el agua que Él da se convierte, en quien la recibe, en «fuente de agua que brota para la vida eterna» (Jn 4,14). Quien ha recibido el don no puede guardárselo. Tampoco nos pidió resolver todos los problemas del mundo antes de actuar: nos pidió un vaso de agua fresca dado a uno de sus pequeños (cf. Mt 10,42). Esta tercera parte propone caminos a las personas y familias, a los educadores y a los jóvenes, a las parroquias y comunidades, y a quienes tienen responsabilidades públicas. Lo hago como propuesta de un hermano en la fe.

Una conversión que empieza por el rostro
88. Laudato si’ recoge una frase del Papa Benedicto XVI que, en tiempo de sequía, nos toca de cerca: «los desiertos exteriores se multiplican en el mundo porque se han extendido los desiertos interiores» [45]. La primera sequía que debemos vencer es la del corazón que ya no se conmueve. Por eso la conversión ecológica, para un cristiano, no empieza con una lista de hábitos verdes. Empieza como empezó la de Francisco: dejándose llevar por el Señor hacia el rostro que no queríamos ver.

89. El mismo Papa Francisco enseña que «vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa» [46]. No es un apostolado para especialistas. Es parte de la vida cristiana ordinaria, como la oración o la limosna. Y es también una conversión comunitaria, porque nadie cuida solo la casa común.

90. Propongo a cada familia algunos gestos sencillos, al alcance de todos:
1. Conocer a los vulnerables de tu calle. Averigua quién vive solo, quién depende de oxígeno o de un equipo eléctrico, quién no tiene cisterna ni carro. Anota sus nombres y teléfonos. En la próxima emergencia, ese papel puede salvar una vida.
2. Compartir lo que tienes. Si tienes planta, placas o cisterna, pregunta a quien no tiene si necesita conectar su nevera, cargar su celular o llenar un envase. Compartir el excedente no es generosidad heroica: es justicia de vecinos.

3. Cuidar el agua como un don. Repara los salideros de tu casa. Recoge el agua de lluvia para el patio y la limpieza. No la desperdicies cuando sobra, para que no falte cuando escasee.

4. Ser solidario con la red. Cuando se anuncian relevos de carga, reducir el consumo en las horas de más demanda es una forma de caridad: la luz que tú no usas puede ser la que le permite al vecino mantener su nevera encendida.
5. Sembrar. Un árbol que da sombra, una mata que da comida, un pedazo de tierra recuperado. Cada árbol retiene agua, baja la temperatura y enseña a los niños a esperar.

6. Mantener limpia la quebrada. La basura que tiramos hoy es la inundación de mañana en la casa de otro.
7. Participar. Informarse, asistir a las reuniones de la comunidad y a las vistas públicas, y votar preguntando qué hará cada candidato con el agua, la luz y la vivienda de los pobres.

91. Nada de esto sustituye las soluciones estructurales que Puerto Rico necesita. Pero ninguna solución estructural funcionará en un pueblo que no ha aprendido a cuidar al vecino. El amor está lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo. Esos gestos son la escuela donde se aprende la otra forma del amor, el amor social y político.

92. Y pido a todos que recen. No como evasión, sino como fuente. La oración nos devuelve la mirada de Francisco, que llamaba hermanas a las criaturas porque se sabía hijo del mismo Padre. Quien reza el Cántico con sinceridad no puede seguir tratando el agua como algo que se tira.
«Dejó su cántaro y corrió al pueblo»: educar a las nuevas generaciones

93. Cuando la samaritana descubrió quién le hablaba, «dejó su cántaro, corrió al pueblo y dijo a la gente: “Vengan a ver”» (Jn 4,28-29). Muchos creyeron por su palabra (cf. Jn 4,39). La mujer que había llegado sola al pozo terminó sirviendo a su pueblo. Esa es la vocación que quiero proponer a nuestros niños y jóvenes: que el encuentro con Dios los lleve a correr hacia su gente.

94. Me preocupa que muchos de nuestros jóvenes crezcan sin conocer la tierra que pisan. Saben usar el celular mejor que nosotros, pero no siempre saben de dónde viene el agua que sale de la pluma, cómo se llama el río de su pueblo o qué árbol daba sombra en la plaza de sus abuelos. No se ama lo que no se conoce, y no se defiende lo que no se ama. Pido a los padres, a los abuelos y a los maestros que enseñen a los niños a amar esta tierra con los pies en ella: los nombres de nuestros ríos, de nuestras aves y de nuestros árboles, la historia de nuestros barrios, la gratitud antes de comer. No saben que desde los puntos de vistas antropológicos, culturales, sociológicos y espirituales Puerto Rico es una nación. Aunque no lo es desde el punto político/jurídico. Porque Puerto Rico es un país que es una colonia en vez de ser un país soberano.

95. Enseñarles a amar a su pueblo incluye enseñarles su historia con verdad: nuestras raíces indígenas, africanas y españolas, y las de tantos otros pueblos que se han hecho puertorriqueños; las luces de nuestra herencia y también sus heridas. En mi carta pastoral sobre el racismo, publicada en junio de este año, recordé que «Dios ha creado seres humanos iguales en dignidad e iguales en derechos y oportunidades de vida» [47]. Un niño que aprende a amar a su pueblo sin despreciar a nadie será un adulto capaz de construir la paz.
96. Quiero decir también una palabra clara sobre la política. Muchos jóvenes la miran con desprecio o con cansancio, y los entiendo; han visto demasiada pelea y demasiada promesa incumplida. Pero la política verdadera es otra cosa. El Papa Francisco lo dijo así: «la política es una de las formas más altas de la caridad, porque busca el bien común». Y precisó: «Hablo de la POLÍTICA con mayúsculas, no la politiquería». Pidió rezar para que los líderes políticos «estén al servicio de su pueblo», dando prioridad a los más pobres [48]. Servir al propio pueblo, sobre todo a los que sufren, es una de las formas más grandes del amor.
97. Por eso sueño con niños y jóvenes que se interesen por la vida pública, no por ambición ni por fanatismo, sino por amor a su gente y deseo del bien común. Que aprendan a preguntar de dónde viene el agua de su comunidad y por qué se va la luz. Que visiten a los ancianos de su barrio. Que participen en el consejo de estudiantes, en la asociación de su comunidad, en la pastoral juvenil. Que algún día se atrevan a servir en su municipio o en su país con las manos limpias.
98. Propongo a nuestros colegios católicos, a nuestras escuelas y a la catequesis algunos caminos concretos:
1. Conocer la casa común. Estudiar el origen del agua de la escuela y del barrio, visitar un embalse, un río o un bosque, y medir el consumo propio de agua y de energía.
2. Aprender la Doctrina social de la Iglesia. Enseñarla a los adolescentes con ejemplos de su propia comunidad: el bien común, la dignidad de la persona, la solidaridad y la subsidiariedad.
3. Servir con las manos. Organizar servicio comunitario en los barrios más expuestos: sembrar árboles, limpiar quebradas, acompañar ancianos durante las emergencias.
4. Practicar la participación. Enseñar a dialogar con quien piensa distinto, a debatir sin insultar, a presentar propuestas a las autoridades y a escuchar a los vecinos.
5. Conocer testigos. Presentar a los jóvenes a mujeres y hombres que han servido a su pueblo con honestidad, en la Iglesia y en la vida pública.
99. Tenemos en nuestra tierra un testigo luminoso: el beato Carlos Manuel Rodríguez, laico puertorriqueño que, a pesar de su enfermedad, dedicó su vida a formar en la fe a jóvenes, universitarios y profesionales [49]. Que su ejemplo inspire a nuestros educadores y a nuestros jóvenes.
100. A los jóvenes les digo directamente: no se vayan por dentro, aunque a veces tengan que irse por fuera. Esta tierra los necesita. Necesita su creatividad, su energía y su indignación ante la injusticia. No dejen que nadie les robe la esperanza ni el amor a su patria. Como la samaritana, dejen el cántaro cuando haga falta y corran hacia su gente.
101. Y a los adultos les recuerdo que los niños aprenden más de lo que ven que de lo que oyen. Si ven a sus padres compartir el agua con el vecino, cuidar la quebrada y votar pensando en los pobres, aprenderán a amar a su pueblo. Si solo nos oyen quejarnos, aprenderán a quejarse.
A quienes tienen responsabilidades públicas
102. Me dirijo ahora, con respeto y con franqueza, a quienes tienen en sus manos decisiones que afectan a todos: legisladores, gobernantes, alcaldes, funcionarios, empresarios, científicos y comunicadores. No les hablo como adversario de nadie ni como militante de ningún partido. Les hablo como un pastor que ha visto demasiadas veces el mismo sufrimiento repetirse:
103. A quienes gobiernan y legislan, en el país y en los municipios:

1. Que los más frágiles sean los primeros en todo plan. Todo plan de emergencia debería saber, antes del próximo huracán o apagón, dónde viven las personas que dependen de la electricidad para seguir vivas, y cómo se les llevará agua a quienes no pueden ir a buscarla.
2. Que el agua se trate como un derecho. Antes de pensar solo en nuevas obras, reparar lo que se pierde. Proteger las cuencas, los bosques y los acuíferos, que son la reserva de agua de nuestros hijos. Cuidar los embalses de la sedimentación.

3. Que la transición energética no deje atrás a los pobres. Que el acceso al sol y a las baterías no sea privilegio de quien puede pagarlo, y que se favorezcan modelos comunitarios y ayudas para los hogares de menos recursos. Que la red común sea confiable, porque es la única con que cuentan millones.

4. Que se planifique el uso del terreno con justicia. Que no se autorice construir donde el agua o el mar volverán a reclamar su espacio. Que cuando sea necesario reubicar a una comunidad, se haga con ella y no contra ella, con dignidad y participación real. Que se ayude a las familias a obtener el título de la tierra donde viven.

5. Que el agua y la luz sean políticas de Estado, no de cuatrienio. Pido a todos los partidos que busquen acuerdos que sobrevivan a las elecciones. Los pobres no pueden esperar a que se pongan de acuerdo quien gana y quien pierde.
6. Que se escuche a los afectados. Que la información sea transparente y accesible, que las vistas públicas se celebren donde vive la gente y a horas en que puede asistir, y que las reclamaciones por daños sean sencillas y justas.

104. A quienes dirigen empresas y organizaciones: que protejan a sus trabajadores del calor con agua, sombra, descanso y horarios razonables, porque ninguna productividad justifica que un cuerpo se derrumbe bajo el sol. Que usen el agua y la energía con responsabilidad, sobre todo en tiempos de escasez. Que nadie especule con la necesidad del pueblo en una emergencia, subiendo precios cuando la gente está más indefensa. Que toda inversión que consuma mucha agua o mucha energía se discierna también por su efecto sobre los vecinos. Y que se apueste por la agricultura del país, que es también seguridad para el país.

105. A las universidades, a los científicos y a los técnicos: Puerto Rico tiene mujeres y hombres de gran capacidad que conocen bien nuestros ríos, nuestras costas y nuestro clima. Les pido que su saber no se quede en los informes, sino que llegue a las comunidades en un lenguaje que se entienda, y que investiguen también las preguntas que se hacen los pobres.

106. A los comunicadores: les pido que cuenten estas crisis desde los rostros y no solo desde la incomodidad. Que no se limiten al día del huracán o del apagón general, sino que vuelvan a los barrios semanas después, cuando las cámaras se han ido y el sufrimiento sigue. Y que no conviertan el dolor de la gente en munición para la pelea partidista.

107. A quienes, desde fuera de Puerto Rico, toman decisiones que nos afectan: les pido que escuchen a este pueblo antes de decidir por él, que la ayuda en los desastres no tarde años en llegar, y que traten a nuestra gente con la dignidad de quien es sujeto de su historia y no objeto de administración.

108. A todos les recuerdo que Dios juzga la viña por el clamor que se oye en ella. Un día no se nos preguntará cuántas obras inauguramos, sino si quien tenía sed recibió de beber.

Un amor político por la patria
109. Quienes me conocen saben cuánto amo a Puerto Rico. No lo oculto, ni me arrepiento. Pero al concluir mi servicio quiero decir con claridad qué entiendo por ese amor, porque las palabras grandes se gastan fácilmente. Hay amores a la patria que se equivocan de objeto. Se puede amar la bandera, el paisaje, la historia y la música, y a la vez olvidar al compatriota que pasa necesidad. Se puede defender el suelo con discursos y dejar que se degrade con los hechos. Un franciscano no puede amar así. Francisco no amó la tierra en abstracto: llamó hermana a cada criatura y besó al leproso. Para nosotros, la patria tiene rostro. Amar a Puerto Rico es amar a su gente, empezando por la que sufre aún en la diáspora.

110. Por eso digo, sin temor a exagerar, que no hay amor verdadero a la patria sin amor al que en ella tiene sed y hambre de justicia, de Dios. El puertorriqueño que más ama a su tierra no es el que más alto habla de ella, sino el que se asegura de que la anciana de su calle tenga agua cuando llega el racionamiento, el que siembra un árbol cuya sombra no disfrutará, el que se sienta con el adversario político para arreglar lo que nos afecta a todos.

111. El Papa Francisco enseñó que «el amor, lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo, es también civil y político», y que «el amor social es la clave de un auténtico desarrollo» [50]. Pido a los laicos católicos que no le tengan miedo a la vida pública. Que participen, que se formen, que sirvan en sus comunidades, en sus municipios y en el país, y que lleven a la vida pública la pregunta que Dios le hizo a Caín: «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9).

112. Al final del relato de la samaritana, la gente de su pueblo le dice: «Ya no creemos por lo que tú nos dijiste; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo» (Jn 4,42). Aquel pueblo despreciado se convirtió en sujeto de su propia fe, y al mismo tiempo reconoció a un Salvador que no era solo suyo, sino del mundo. Así quiero ver a mi pueblo: dueño de su palabra, protagonista de su historia y abierto a todos los pueblos.

113. Este amor no nos encierra. Amar a Puerto Rico nos hace más sensibles a las demás islas del Caribe y a todos los pueblos pequeños que sufren una crisis que no provocaron. Nos une también a los inmigrantes que viven entre nosotros y respiran nuestro mismo aire. El que ama de verdad a su patria aprende a respetar la patria de los demás.
Conclusión. El Señor tiene la última palabra

114. Nuestro pueblo no es un pueblo sin heridas. Su historia, como escribí en 2003 [1], ha sido una experiencia de cruz y de resurrección, de angustias y de alegrías, de miseria y de santidad. Esta carta ha mirado muchas cruces: la sed, la oscuridad, el viento, el mar que avanza, la tristeza de los que se van. No lo he hecho para desanimar a nadie, sino porque el cristiano mira la cruz sabiendo que no es la última palabra.
115. Decir que el Señor tiene la última palabra no es pedir resignación ante la injusticia. Es afirmar que ninguna injusticia tiene derecho a definir para siempre el destino de una persona o de un pueblo. Significa que:

• la pobreza no tiene la última palabra sobre la dignidad del pobre;
• la destrucción ecológica no debe tener la última palabra sobre la tierra;
• la violencia, el descarte y la división no deben tener la última palabra sobre el pueblo;
• el fracaso histórico o político no tiene la última palabra sobre la vocación de Puerto Rico;
• la muerte no tiene la última palabra sobre la historia, porque Cristo ha resucitado.
116. La esperanza cristiana no es optimismo. Es la certeza de que Dios no abandona a su pueblo. El mismo Jesús que se sentó cansado junto al pozo es el que resucitó al tercer día y nos prometió un agua que salta hasta la vida eterna. Por eso podemos trabajar sin desesperar: cada galón compartido, cada árbol sembrado, cada ley justa y cada joven que decide servir a su pueblo son semillas de resurrección.

117. Estas páginas recogen lo que he pensado y predicado durante mis 27 años y pico de servicio como Arzobispo de San Juan de Puerto Rico. Doy gracias a Dios por ellos, por esta bendición inmerecida. Doy gracias a mis hermanos sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos, catequistas, a los laicos y laicas y a las familias que sostienen cada día la vida de nuestras parroquias, a Cáritas, Unidos contra el Hambre y a los voluntarios que, después de cada desastre, fueron las manos de la Iglesia en los barrios y las escuelas católicas. Doy gracias, sobre todo, a los pobres de esta tierra, que me evangelizaron más de lo que yo supe evangelizarlos. Y pido perdón por lo que no supe hacer con caridad y paciencia.

118. Cuentan sus primeros biógrafos que, poco antes de morir, san Francisco dijo a sus hermanos: «Yo he cumplido mi tarea; que Cristo les enseñe la suya» [51]. Pongo con alegría estas páginas en manos de Mons. Eusebio Ramos Morales, a quien el Santo Padre ha confiado nuestra Arquidiócesis, pido al Señor que lo acompañe en esta nueva misión, y pido al pueblo de Dios que camine con él.
119. Encomiendo esta tierra y a su noble pueblo a Nuestra Señora de la Divina Providencia, Patrona principal de toda la nación puertorriqueña. La Providencia de Dios no actúa sin nosotros: se vale de manos humanas, de vecinos atentos, de gobernantes justos y de comunidades organizadas. Encomiendo también a nuestro querido pueblo a San Juan Bautista, patrono de nuestro archipiélago que bautizaba con agua en el Jordán y preparaba los caminos del Señor para que podamos ser más fraternales y unidos como una familia. Finalmente, también a nuestro padre San Francisco, que hace ochocientos años devolvió su vida a Dios con las manos vacías y el corazón agradecido.

120. Con mis oraciones, cariño y deseos de paz y bien, quedo de ustedes, hermano y servidor.
Dado en San Juan de Puerto Rico, el 26 de septiembre del 2026, en el Tiempo de la Creación y en el Año Jubilar Franciscano, y con un fraternal abrazo para todos y todas, tres días día antes de entregar la Arquidiócesis a mi sucesor.
+ Roberto Octavio González Nieves, OFM Arzobispo Emérito de San Juan de Puerto Rico.

Oración
Señor Jesús, que te sentaste cansado junto al pozo de Jacob y pediste de beber a una mujer de Samaría: enséñanos a conocer el don de Dios.
Loado seas, mi Señor, por la hermana lluvia, que baja humilde a nuestras montañas y llena los embalses de nuestra tierra.
Enséñanos a guardarla, para que no falte en la mesa del pobre.
Loado seas, mi Señor, por el hermano sol, que calienta nuestras playas y madura nuestros frutos.
Haz que su luz llegue también a la casa del que vive a oscuras.

Loado seas, mi Señor, por el hermano mar, que abraza a todo Puerto Rico: la Isla Grande, a Vieques y a Culebra. Protege a los que viven en su orilla y a los que de él se sustentan.

Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra borinqueña, heredad de nuestros padres y casa de nuestros hijos. Perdónanos por las veces que la hemos herido.
Loado seas, mi Señor, por los vecinos que comparten el agua y por los jóvenes que corren a servir a su pueblo.
En ellos te vemos pasar.

Loado seas, mi Señor, por los que perdonan por tu amor y se sientan juntos a buscar el bien de todos.
Señor, que tuviste sed en la cruz:

que no seamos indiferentes a la sed de nuestros hermanos.
Señor, que calmaste la tormenta:
danos fortaleza en el viento y justicia después del viento.

Señor resucitado, fuente de agua viva: haz brotar en nosotros un manantial para nuestro pueblo.
Por intercesión de Nuestra Señora de la Divina Providencia, de san Juan Bautista y de nuestro padre san Francisco, haz de Puerto Rico una tierra donde el clamor del pobre se convierta en canto y en un abrazo todos y todas.
Amén.

Notas

1. Roberto Octavio González Nieves, OFM, Carta pastoral Patria, nación e identidad: don indivisible del amor de Dios, San Juan de Puerto Rico, agosto de 2003.
2. Orden de Frailes Menores, «Tiempo de la Creación 2026»: lema «Agua viva», del 1 de septiembre al 4 de octubre.
3. R. O. González Nieves, «Si se apaga la luz, también se apaga la justicia», El Nuevo Día, 23 de febrero de 2026.
4. Kuruvilla Pandikattu, SJ, «When the Weather Turns Against the Poor», Global Catholic, 10 de julio del 2026.
5. Centro de Estudios Puertorriqueños, «Pervasive Poverty in Puerto Rico: A Closer Look», con datos de la Encuesta sobre la Comunidad 2017-2021: 43 % de la población y 56 % de los niños bajo el nivel federal de pobreza. Vea también Instituto del Desarrollo de la Juventud, «La Medida de Pobreza de Puerto Rico: hallazgos claves», 2024.
6. Universidad George Washington, «GW Researchers: 2,975 Excess Deaths
Linked to Hurricane Maria», agosto del 2018; sobre el recuento inicial de 64 muertes y la adopción de la nueva cifra: Univisión Puerto Rico, 28 de agosto del 2018.
7. R. O. González Nieves, Carta pastoral No están solos, 24 de junio de 2025.
8. Francisco, Carta encíclica Laudato si’ (24 de mayo de 2015), 25.
9. El Imparcial, 2 de septiembre de 2026, con datos del U.S. Drought Monitor al 25 de agosto de 2026.
10. WAPA.tv, «Comienza el racionamiento de agua potable para 180 mil clientes de Carraízo», agosto de 2026.
11. Sobre la pausa del racionamiento: El Nuevo Día, 14 de septiembre de 2026; sobre la siembra de nubes, el embalse La Plata y la posible prolongación de la sequía: Metro Puerto Rico, 18 de septiembre de 2026.
12. Claridad, «Seguridad hídrica en Puerto Rico», agosto de 2026: pérdida del 52 % del agua extraída (267 millones de galones diarios) y pérdida de capacidad de los embalses por sedimentación, según el Servicio Geológico de los Estados Unidos.
13. Laudato si’, 30.
14. Univision, «La última familia que quedaba sin luz en Puerto Rico ya tiene servicio», 15 de agosto de 2018.
15. Infobae, 16 de abril de 2025, que recuerda también el apagón del 31 de diciembre de 2024.
16. Diario Libre, 28 de julio de 2026.
17. Metro Puerto Rico, 12 de septiembre de 2026: 2,495 MW disponibles frente a 2,950 MW de demanda proyectada; NotiCel, 15 de septiembre de 2026.
18. El Nuevo Día, «Arzobispo de San Juan sobre los apagones: “Eso llora ante los ojos de Dios”», 17 de abril de 2022 (video).
19. Oficina del Censo de los Estados Unidos: 3,808,610 habitantes en el Censo de 2000 y 3,285,874 en el de 2020. Vea «Puerto Rico Population Declined
11.8% From 2010 to 2020».
20. Laudato si’, 67.
21. Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, q. 101, a. 1.
22. San Francisco de Asís, Testamento, 1-3.
23. Laudato si’, 10.
24. Laudato si’, 11, que cita a san Buenaventura, Leyenda mayor, 8,6.
25. Pani, G., «El Cántico del hermano sol», La Civiltà Cattolica, 20 de septiembre de 2024. Compilación de Asís (FF 1615-1616).
26. Compilación de Asís, 84 (Fuentes Franciscanas, 1616); cf. Leyenda de Perusa.
27. Laudato si’, 139.
28. Laudato si’, 49.
29. Laudato si’, 51.
30. Germanwatch, Índice de Riesgo Climático Global 2021 (periodo 2000-
2019). Vea Centro de Periodismo Investigativo, 13 de febrero de 2025.
31. Laudato si’, 158.
32. Francisco, Exhortación apostólica Laudate Deum (4 de octubre de 2023), 2.
33. León XIV, Carta encíclica Magnifica humanitas (15 de mayo de 2026), 43.
34. Magnifica humanitas, 59; 62.
35. Magnifica humanitas, 65; 66.
36. Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina social de la Iglesia (2004), 484-485.
37. Magnifica humanitas, 42; 44.
38. León XIV, Exhortación apostólica Dilexi te (4 de octubre de 2025), 36; 10.
39. Cf. Laudato si’, 179.
40. Cf. Magnifica humanitas, 101.
41. Laudato si’, 205.
42. Juan Pablo II, Carta encíclica Sollicitudo rei socialis (30 de diciembre de 1987), 36.
43. Ley 17-2019, Ley de Política Pública Energética de Puerto Rico. Sobre la distancia entre la meta y la realidad: Nueva Isla, «Cada vez más lejos alcanzar 40 % energía renovable en 2025», que cita datos del Centro para una Nueva Economía.
44. Laudato si’, 219.
45. Laudato si’, 217, que cita a Benedicto XVI, Homilía en el inicio de su ministerio petrino (24 de abril de 2005).
46. Laudato si’, 217.
47. R. O. González Nieves, Carta pastoral Conciencia de fraternidad: el camino para superar el racismo en Puerto Rico, 25 de junio de 2026.
48. Francisco, El Video del Papa, intención de oración de agosto de 2024: «Por los líderes políticos».
49. S. Lobos, «Beato Carlos Manuel Rodríguez: “Modelo de santidad en Puerto Rico”», Vatican News, abril de 2021.
50. Laudato si’, 231.
51. Tomás de Celano, Vida segunda, 214.

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