¡Paz y esperanza, hermanos! Con dolor, tristeza e indignación hemos visto en los pasados días cómo, en sectores de Río Piedras, Canóvanas, Santurce y otros lugares, agentes del ICE aparecen sorpresivamente en busca de los llamados “indocumentados”. Valiéndose de preguntas capciosas, fijándose en el color de la piel y atentos a la manera de hablar, se acercan con actitudes intimidantes y atropelladoras. Reconocemos la legítima facultad del Estado de regular la inmigración, y cuando estas acciones se ajustan al debido proceso de ley, con órdenes judiciales específicas y libres de todo discrimen o perfil racial, no tenemos objeción.
Sin embargo, cuando van acompañadas de persecución selectiva y del uso de armas largas y sustancias químicas con fuerza desmedida, tenemos que levantar la voz y denunciar estas injusticias contra la dignidad y la vida de estos hermanos. Repudiamos estas acciones y exhortamos a las agencias encargadas de los procesos migratorios a realizar su labor con la debida responsabilidad ministerial y con el mayor respeto a la vida y a la integridad de las personas. Que ciertos agentes hayan llegado hasta los predios internos de una parroquia en Río Piedras manifiesta un exceso de los límites que deben observarse en los lugares religiosos, máxime cuando durante décadas las propias autoridades federales reconocieron a iglesias, escuelas y hospitales como lugares protegidos. La insensibilidad de algunos de estos operativos revela el olvido absoluto de que la dignidad humana es inviolable. Lo decimos con toda claridad: ¡Basta!
Como sociedad cristiana, estamos llamados a acoger a los inmigrantes siempre con respeto y compasión, porque son nuestros hermanos. El papa León XIV, refiriéndose a ellos, nos advierte que “el modo en el cual una sociedad los trata muestra si su idea de justicia está guiada por el miedo o la fraternidad” (Carta encíclica Magnifica Humanitas, n. 81). Estados Unidos es una nación forjada por migrantes, y esa es una de sus mayores riquezas. Puerto Rico, nación de paz, de acogida fraterna y solidaria, no puede permanecer impávido ante acciones violentas contra personas indocumentadas. Urgimos a las autoridades, en todos sus niveles, a respetar y defender los derechos humanos y constitucionales de todos los inmigrantes.
Por eso, a nuestras comunidades migrantes les decimos: no están solos; queremos acompañarlos en sus calvarios y próximamente los visitaremos para expresarles personalmente nuestro apoyo solidario. A los fieles de nuestras comunidades parroquiales los exhortamos a solidarizarse con sus causas y sufrimientos, y a procurar a los migrantes y a sus familias el acompañamiento jurídico y psicológico que necesitan. A nuestros párrocos, diáconos, religiosos y líderes laicos les pedimos la mayor solidaridad con estos hermanos que hoy sufren discrímenes y vejámenes por el hecho de ser extranjeros en nuestra tierra, muchos de ellos con sus procesos migratorios en regla o en trámite. Recordemos lo que nos dice la Escritura: “No maltratarás ni oprimirás al migrante que reside en tu territorio, porque también ustedes fueron migrantes en el país de Egipto” (cf. Ex 22,20; Lv 19,33-34). Y Jesús mismo se identifica con ellos: “Fui forastero y me acogieron” (Mt 25,35).
